La pregunta fue plantear en mí, aún, grupo de amigos del trabajo heterosexuales, cuales son los tópicos que conocen sobre las lesbianas

-(Pausa silenciosa).

Parece que no se lo cuestionaban. Conclusión: solo nosotras los conocemos.

-¡Venga ya! -gritó.

Se esfuerzan:

-Invisibilidad -dice uno.

-Contigo lo supe porque me miraste a las tetas antes que a los ojos –dice otra.

-Insistentemente –matiza. (Ni me acuerdo, ¿eso es un tópico?).

(Pero no tienen ni idea ni de pelo corto, ni de camisas de cuadros, ni de…)

-Hay dos tópicos gais que no se dan en ti: las lesbianas son cultas e inteligentes –dice otro.

Bromas aparte (sin obviar que deba cambiar de amigos de trabajo, ipso facto) recuerdo que en una conversación con “Azul” (otra autora de este celebérrimo Blog) nos reímos y llegamos a la burda conclusión de que nuestra inteligencia y cultura, como lesbianas se debe:

Porque no follamos.

Mientras los heterosexuales empiezan sus escarceos en la adolescencia, nosotras nos metemos en el armario.

Primero se elige uno.

El del salón lo descartas, es grande pero tan subdivido que solo cabrías descuartizada, así que lo abandonas con los regalos de boda de tus padres, con la vajilla y cristalería de solo uso navideño.

En la cocina lo suyo sería el frigorífico, es cómodo comer pero tu tamaño con abrigo no es el adecuado.

El del cuarto de baño: pequeño. Pequeño también el de tu cuarto. Solo te queda el de tus padres.

Yo elegí el armario de mis padres. Encima de sábanas de mi madre bordadas, en vueltas en papel charol azul.

Imagino que la experiencia de cada una será similar.

Entras, dejando la puerta entreabierta para respirar y para que entre la luz. Intentas sentarte  y juegas con el membrillo como fósil que tu madre ha dejado que al principio olía suave, luego dejó de oler y ahora huele mal. Cambias ciento tres veces de postura, te dedicas a  ordenar las corbatas de tu padre, de colores primarios a secundarios y de menor a mayor tamaño, vuelves los puños de todas sus camisas y estiras por dentro los bolsillos de los abrigos de tu madre, (¿porqué tiene tantos?) y cuando has terminado estas labores, arduas, sufres un momento “neftalianao” en que te metes un libro, después el walkman, después el discman, después el portátil, el móvil…ahí empieza nuestra cultura.

Porque no follamos.

Y el desarrollo de nuestra inteligencia, se debe a que sales con tus amigas heterosexuales,  donde ves inútil beber alcohol en la calle  y no entiendes como todavía no se han podido leer “El diario de Ana Frank”. Ellas hablan de relaciones con chicos, tú oyes y callas, piensas que debes callar (esfuerzo: desarrollo de materia gris) hablan de besos (más esfuerzo: más gris) hablan de que se dice que algunas se han dejado tocar por debajo de la camisa (gris, gris) y te preguntan a ti, porque a veces también se socializan las heterosexuales.
-Y a ti, Café cortado cósmico, ¿quién te gusta?

-(Gris2, gris3, gris4…) A mí me gusta un mundo en el que dé igual vestir con sellos en la izquierda del jersey para elevarte en el nivel social, me gustan las zapatillas con muelles para alcanzar la canasta de baloncesto, no quiero colores llamativos que diferencien, a mí me gusta una chica que todavía no conozco, que se ría conmigo y que pueda admirar algún aspecto de su personalidad, que pueda contar con ella para ir a un entierro, a una boda, o a una comunión, y que no se coma todas las palomitas cuando vayamos al cine…pero aprieta el silencio y digo:

-¡Eh!, pues…no me gusta nadie.

Y con 15 años, ya se me pasa el arroz del primer beso… (gris, gris, gris, gris, gris, ¡perdón! Firmado: Café cortado cósmico).

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