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Tenía 17 años la primera vez que me enamoré de una chica, podría haber sido un  acontecimiento esperado, si lo pienso con cierta perspectiva y analizo algunos detalles, pero en aquel momento no era un acontecimiento esperado, todo lo contrario. Dos amigas que les gustaba pasar tiempo juntas, todo el tiempo juntas, empezaron los cariños, los abrazos y en uno de esos momentos llega el ansiado beso en la boca, que ninguna quiere dar y las dos deseábamos. Ese fue el comienzo del quiero y no puedo.

Lo que sentíamos era inevitable y aunque nuestras cabezas estaban llenas de prejuicios negativos acerca de lo que nos estaba sucediendo, nos dejábamos llevar por el momento, no sin hacernos mucho daño y sufrir en silencio como si fuésemos prófugas de la justicia.  Traté de buscar información acerca de lo que nos estaba pasando, sin hablar con nadie, si alguien insinuaba algo yo lo negaba automáticamente. Me negaba constantemente y eso me hizo sentir muy sola e indefensa, sin saber qué hacer, con quien hablar, me encontré ante un mundo hostil con mis sentimientos.

Me había saltado algunas reglas no escritas y no entendía porque todo el mundo tenía que opinar sobre mi vida, si yo sólo me había enamorado. Prácticamente todo lo que duró nuestra historia nos lo pasamos pensando, cómo íbamos a hacer para dejarnos sin morir de dolor en el intento. Lo que nos estaba pasando simplemente no encajaba en nuestras vidas y no teníamos fuerzas para entenderlo.

En aquel momento no teníamos Internet  ni las redes sociales, no podía de una forma anónima hablar con alguien, buscaba libros, no encontraba nada. Vivía en un pueblo muy pequeño y las  librerías cercanas no daban para mucho. Pasados algunos años y después de muchos llantos, desencuentros, reproches y miedos aquello terminó.

Fue  entonces cuando empecé a analizar que me había pasado y que me estaba pasando, empecé a hablar de ello y tratar de normalizar mis sentimientos. Por aquel entonces  encontré “Más que amigas” de Jennifer Quiles, un libro de cabecera, que habla de lesbianas, de todas las cosas que pueden interesarte, preocuparte u ocuparte, para mí fue un hallazgo milagroso.

 Lo peor de los estereotipos es la soledad y lo indefenso que se siente el que no ha hecho nada malo pero es estereotipado, juzgado y rechazado, es fundamental la información y la comunicación si queremos acabar con ellos.

Azul

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